El domingo, a eso de las 10 de la noche, me puse a hacer el equipaje. Todo el mundo a quien le pregunté lo tenía preparado ya, o a medias, pero una es especial y tardona y como siempre tenía que destacar (algo que quedó bastante claro durante el viaje...).
Había conseguido dinero para “gastos personales” por parte de mi padre (a pesar de no hablarme entonces... ni ahora), y permiso para llevarme la cámara de mi madre. Mi padre había dicho que me bajaría al instituto, a pesar de ser de madrugada, y mi madre había dicho que le acompañaría, a pesar de que nada le obligaba... y así me fui a dormir a la una de la mañana.

Tres horas después sonó mi despertador, y media hora después que él vino mi madre, a levantarme de mis felices minutos de descanso en la cama. Con una agitación frenética me vestí, desayuné un vaso de leche (llevaba desde las dos del mediodía sin comer, y no llegábamos al albergue hasta la noche... así que más me valía prevenir y tomar algo). Subí en el coche. Las calles estaban vacías, y daban ganas de salir y quedarse allí... pero poco tiempo había.

En la calle del instituto no había aún demasiada gente. Mis padres se negaron a irse hasta que no viniera el autobús. ODIO eso, me pone de los NERVIOS. Había muchos otros padres también esperando, y a sus hijos no les parecía importar mucho, pero yo no aguanto tanto proteccionismo... pero ya que se quedaban, no salí del coche, y me evité enfrentarme a las temperaturas nocturnas de Guadalajara (aunque no hacía mucho frío, iba poco abrigada).

Cuándo el autobús vino, apenas diez minutos después de la hora a la que había quedado, salí del coche con un simple “adiós”. No veía a mis amigas por ningún lado, pero con la cabeza alta (estas vacaciones he tenido que aprender muuuucho sobre la dignidad) pasé yo sola por delante de los quinientos grupitos de gente, dejé mis cosas en el maletero y entré al autobús. Allí me encontré con Paula, y poco después subieron las otras dos (la última del grupo había sido castigada sin viaje pocos días antes). Nos sentamos en la parte trasera. Yo había dejado claro que no quería ponerme ahí, pero.. ¿qué remedio me quedaba?, si éstas querían tenía que ir con ellas... eso, o sentarme con el conductor, muchas más posibilidades no quedaban.

Paula había dicho el viernes que se quería sentar sola, y yo, viendo que no iba a ser la única, dije que también... así que mientras Sandra y Clara se sentaban juntas, Paula y yo usamos cada una dos asientos... pero no tardó en venir a mi lado una chica desconocida. Me indicó con un ligero gesto que quería sentarse a mi izquierda, y yo cedí; vale que quisiera sentarme sola, pero las amigas de la Desconocida se sentaban cerca de mi, y no quedaban más sitios libres... y, dado que yo misma había estado preocupada por que me pasara aquello, hubiera sido muy cabrona de no haberle dejado sentarse.

Resultó ser una buena idea sentarse con una desconocida. Podía dormirme sin que se dedicara a hacerme fotos con el móvil. No tenía la obligación de hablar para entretenerla. Y, si me aburría, podía girarme y allí detrás estaban las otras tres para conversar.

La primera parada fue menos de una hora después de salir del
Instituto, lo que nos sorprendió mucho a todos. Fueron apenas unos minutos, en los que acompañé a Sandra al baño. Creo que fue la vez que menos cola hubo; a pesar de haber sólo un retrete apenas vi a Sofía y Marta (ambas de otra clase, pero la primera vieja compañera de clase en años anteriores, y la segunda conocida de vista, de oídas y de apenas dos conversaciones en meses anteriores). Crucé algunas palabras con ellas, y Marta me informó de que el profesor de Educación Física había subido justo después de que yo bajara al baño; como es de Toledo le recogíamos por el camino en vez de hacerle venir hasta el instituto.

En la segunda parada, de diez minutos, bajó bastante más
gente al baño, pero yo no me acerqué por allí (me limité a ir a la puerta de la
gasolinera y volver), así que no pude ver la cantidad exacta de personas.

El autobús, por cierto, iba bastante callado. No demasiado para lo que creía que iba a ser a las siete de la mañana, pues mis compañeros no eran precisamente tumbas, pero mucho más silencioso que a las cinco. Cuándo habíamos subido muchos se habían puesto a hablar, y otros a intentar dormirse y a quejarse cada vez que uno de nosotros encendía la luz. Yo
estuve en silencio todo el rato; primero pensando, y luego escuchando música
. Sonó Non Servium, y recordé a “Canvaz”, nick de quién me habló del grupo por primera vez; sonó Aquelarre, de Mago de Oz, y recordé a
Nuria &
Kike , y de paso, a Aline; sonó una canción instrumental que creo que es de
Tristania, “The beauty of a Wich”, y esto me hizo recordar una película
que estaban anunciando los días anteriores en TV, cuya banda sonora era
idéntica o muy similar a una película de la que me había hablado
Iñigo . Recordé la conversación sobre religión con Iñigo la tarde anterior, y recordé un
artículo de Cristina
en el que decía ser católica. Recordé que el objetivo del
viaje era conocer Sevilla, Huelva y Córdoba, y no pensar en mis conversaciones por msn... pero la palabra Sevilla me hizo recordar a media Coctelera (¿por qué media coctelera es de allí? ¡En serio!, ¿es un complot?). Fue el único momento del viaje en que recordé esa bonita palabra llamada “Internet”, aunque de vez en cuando sí echaba en falta contarle a tales personas lo que me iba pasando.

Después del amanecer, mientras medio autobús luchaba por mantener abiertos los ojos, la voz de Sergio en el micrófono inundó nuestros oídos. Sergio es un profesor al que mencioné hace poco; el nuevo de Informática, a quien en aquel momento aún odiaba, aunque los acontecimientos que dieron fin al viaje me hicieron cambiar de opinión. No era yo la única que le tenía de todo menos cariño, así que cuándo habló todo el mundo se dedicó a reirse. Dijo lo básico: que ya éramos mayorcitos para ir diciéndonos lo que teníamos que hacer o no, pero que esperaba que no nos pasáramos todo el día de pie en el autobús y cosas de esas. También dijo que tuviéramos claro que no podíamos beber en las habitaciones, alcanzando así el máximo esplendor los
comentarios de la gente, y finalizó presentándonos a Manu, el conductor.

No he hablado aún de los profesores que nos acompañaban. Aparte de Sergio, estaba Reyes, el de educación física, que atrajo la atención de las cámaras de todas las chicas, y no precisamente por su inteligencia. Antes del viaje parecía simpático y tal, pero después no me he quedado con una impresión muy buena de él. No es que sea una mala persona, pero... mientras Sergio ha demostrado ser muy buena persona, cambiando en más de un caso la opinión que teníamos de él, Reyes ha sido exactamente como siempre.. y me he dado cuenta de que no es un cielo de ser humano. Supongo que de joven fue el típico chulo de la clase, ligón, borracho y gamberro, y algo de eso le queda. Mucha sonrisita mona por aquí y por allá, pero nada más.

Leticia enseña tecnología a los de primero y segundo, y no nos conocía a ninguno. Había cruzado alguna palabra con ella meses atrás, por ser profesora de la vecina de una amiga, que, a pesar de ser de primero, era simpática y se venía con nosotras. En este viaje la he conocido sobre todo
cabreada por cosas que se irán descubriendo poco a poco, pero sé que le caía
bien a mucha gente, así que algo bueno debe de tener. Por cierto, que a pesar de no conocer a nadie, de algún modo sabía mi nombre desde el primer momento (diréis que estoy loca, pero ya no sólo pienso que me leen la mente, ¡es que además me espían!... TODOS los profesores del instituto me conocen desde primero de la ESO... y no es exageración, en primero había profesores a los que no había visto en mi vida que sabían como me llamo), como demostró el primer día en los baños de la tercera gasolinera, gasolinera en la que paramos a las nueve y algo... “Egoime*, daos prisa, que en cinco minutos nos vamos”. Parece una tontería, pero yo hasta el cuarto día no descubrí cómo se llamaba ella.

La tercera parada fue de veinticinco minutos, aunque al final duró diez más de lo previsto. La cola en el baño de los tíos no
era demasiado larga, pero en el nuestro... más veinte minutos de espera tuvieron algunas. Y nos tuvimos que acostumbrar, por que siempre que parábamos
en una gasolinera era igual, con idénticas quejas por parte de las últimas, y con las mismas cuatro personas que al final entraban al baño de los chicos para ahorrar tiempo. Comí un sándwich traído de casa y entré otra vez al vehículo.

A lo largo de la mañana me comí dos bolsas de mierdas varias (otra ventaja de sentarte con una desconocida es que tienes toda la comida para ti: ella no pedía por que no me conocía, y mis amigas por que no se enteraban), y un filipino que me dio Clara...

Lo cierto es que las ocho horas de viaje no se me hicieron
pesadas, quizá incluso algo cortas. Me puse a cantar con mis amigas lo que
había en la radio
(¿qué mas da no haber escuchado en mi vida los 40
Principales?, ¡cualquiera es capaz de inventarse la letra!), y a tararear las
canciones de Estopa (no me ha gustado en mi vida y sólo conozco un par de
canciones suyas... pero ésa no es excusa para permanecer callada). Me reí con Vero cuándo pasábamos por Despeñaperros, ella estaba muerta de miedo, mientras que a mi me encantaba el paisaje. Escuché decenas de quejas de Eva, que se sentaba delante de mí, por que cada vez que me movía daba en su respaldo, y le fastidiaba.

Y por fin llegamos a Sevilla.